El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

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jilguero
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

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Die Toteninsel

Hace dos meses presencié un insólito suceso en la Alte Nationalgalerie de Berlín. Pero lo cierto es que ya me había olvidado casi completamente de ello y, cuando la semana pasada leí la noticia en la prensa, me cogió de improviso. Me refiero al enigmático cambio sufrido por uno de los cuadros de Arnold Böcklin que hay expuestos en ese museo. Más concretamente, la desaparición de la barca de Caronte del Die ToteninselLa isla de los muertos en castellano—. Los responsables de la institución reconocen que todavía no saben la fecha exacta en la que se produjo la inexplicable alteración. Yo, en cambio, sí la sé porque me hallaba justo delante del cuadro cuando la embarcación desapareció.

La isla de los muertos.jpg


Desde que los medios me han refrescado la memoria, he pasado por diferentes estados de ánimo. Primero he tenido una etapa de incredulidad porque, al igual que entonces no fui capaz de dar crédito a lo que estaba viendo, tampoco ahora podía dárselo a lo que estaba leyendo. Luego he pasado por un estado de absurda vanagloria por haber sido testigo de algo que, hasta donde sé, ninguna otra persona ha presenciado antes. Y por último, desde que la vanidad se ha desvanecido, me hallo muy confusa. Estoy convencida de que nadie me va a creer y que, si hablo, lo único que voy a conseguir es dañar mi reputación. De ahí que mi escrupulosa conciencia me diga que debo de contar lo que he visto y, al mismo tiempo, la prudencia me aconseje mantener la boca cerrada.

Cuando hecho la vista atrás, no deja de asombrarme el cúmulo de casualidades que ha hecho que me vea implicada en este asunto. Hacía ya un tiempo que un buen amigo, al que tengo por magnifico esteta, me había hablado maravillas del Die Toteninsel de la Alte Nationalgalerie de Berlín. A pesar de sus elogiosas palabras, sentía cierta renuencia hacía el lienzo por ser uno de los favoritos del Führer. De hecho, lo codiciaba tanto que al final consiguió que acabara colgado en la pared de su despacho. No estaba, pues, entre mis planes conocer el original. Pero hace dos meses tuve que viajar a Berlín por motivos de trabajo y, como me encanta callejear, en la primera oportunidad que tuve de hacerlo, acabé sin proponérmelo delante de las escalinatas de la Alte Nationalgalerie. Recordé entonces los elogios que mi amigo había hecho de la pintura de Böcklin y no pude vencer la tentación de entrar a verla.

En cuanto localicé el cuadro, se me olvidaron de golpe todos los prejuicios y me sumergí por completo en el sugerente y silencioso paisaje que tenía delante. Me llamó la atención la quietud plena del agua y la tranquilidad reinante entre los escarpados cantiles de piedra que emergían de su superficie. Estos últimos creaban una suerte de acogedor regazo en el que hallaba el cementerio de La isla de los muertos al abrigo de cualquier inclemencia. Un legendario lugar de coordenadas ignotas en el que había unos enormes cipreses con las cúspides de sus copas levemente inclinadas hacia la izquierda. Señal inequívoca de que aquella era la dirección del viento predominante en la zona. Pero el día de mi visita al museo había calma chicha y, en medio del silencio reinante, pude oír un leve murmullo acuoso que parecía provenir del lienzo.

Era un sonido rítmico y muy agradable. Intrigada, me aproximé todo cuanto pude a la tela y agucé el oído. Me encontraba tan cerca que fui capaz de ver cómo la barca, que había delante de la isla, se movía de manera casi imperceptible. Fijé en ella toda mi atención y fue entonces cuando vi que el barquero estaba usando una pértiga a modo de remo para hacerla avanzar en dirección al embarcadero. Y cuando la proa estuvo a punto de entrar en contacto con la piedra, sacó la vara del agua y la izó en el aire. Enseguida el silencio volvió a ser tan absoluto que pude oír el repiqueteo de las gotas de agua que, tras desprenderse de la madera, se estrellaban contra la superficie de la laguna Estigia creando en ella efímeros cratercillos de bordes cristalinos.

La embarcación parecía haber llegado a su destino y aproveché su inmovilidad para examinar con más detenimiento a sus ocupantes. Sobre la cubierta, en la zona de la proa había un ataúd colocado de través. Era de color blanco y estaba profusamente adornado con guirnaldas de flores. Sus extremos apenas si sobresalían a babor y estribor de la barca, de lo que deduje que no debía ser demasiado grande. Al lado de este había una hierática figura envuelta en una suerte de toga virilis. Aunque no pudiera verle la cara por hallarse de espaldas, su absoluta quietud me hizo preguntarme si no sería una estatua de mármol destinada a presidir la tumba.

El barquero también estaba de espaldas a mí y, cuando me hallaba examinando su atuendo, se oyeron unas risas infantiles. Su tono era jubiloso y, aún así, me pusieron los pelos de punta. Sonaban como en cascada por causa del eco que se generaba en los elevados farallones de piedra. No cabía la menor duda de que eran risas alegres y eso reforzó mi sospecha de que en el interior del ataúd blanco yacía el cuerpo de un niño y que los rientes eran sus futuros compañeros de juego celebrando su llegada. Traté de localizar a los últimos, pero no tuve éxito: el embarcadero estaba desierto y tampoco había nadie entre los cipreses o asomado a los grandes vanos abiertos en la piedra.

Recordé entonces que aquello era un cementerio y pensar que las risas pudieran proceder del interior de las tumbas me produjo un nuevo escalofrío. Un escalofrío que esta vez fue mucho más intenso y duradero porque vi unas sombras que, surgidas de sabe Dios dónde, se aprestaban a bajar el ataúd de la barcaza. Las borrosas figuras se confundían las unas con las otras, pero cuando la caja estuvo en tierra firme y se dispusieron a su alrededor, llegué a contar hasta diez siluetas distintas. Vi cómo se agachaban a coger el ataúd y cómo se lo colocaban sobre sus hombros; y cómo después se ponían en marcha y, al son de una lúgubre salmodia, se perdían de vista entre los cipreses.

Aunque ya no pudiese ver la comitiva, aún podía escuchar su lúgubre cantinela. Absorta en descifrar lo que decían, no fui consciente de que el barquero estaba otra vez maniobrando con la pértiga. En verdad, fue el rítmico sonido del remo desplazándose de nuevo en el interior del agua lo que me hizo mirar en esa dirección. La barcaza había virado ya 180 grados y su proa avanzaba hacia mí con la misma parsimonia con la que un rato antes lo había hecho en sentido contrario.

Se fueron aproximando y su tamaño fue también en aumento hasta el punto de que el acompasado chapoteo del agua empezó a tener eco en la sala del museo. Fue entonces cuando vi en el rostro de la figura de la toga blanca y comprendí que aquella ensortijada barba rojiza y aquellos translucidos ojos celestes no eran los de una estatua. Es más, sus rasgos me resultaron familiares y traté de recordar dónde podría haberlos visto antes. Pero en estas la proa de la barca pareció estar a punto de salirse del lienzo y el temor de que pudiera ocurrir un trágico accidente me hizo olvidarme de todo lo demás.

Miedo que pronto quedó en evidencia que era totalmente absurdo, puesto que Caronte lleva siglos surcando las aguas de la Laguna Estigia y, como cabía esperar, su destreza con la pértiga le permitió hacer que la nave girara noventa grados sobre sí misma y, en vez de despeñarse, continuara navegando en paralelo al marco inferior del cuadro. A todo esto, su tamaño era ya relativamente grande y ocupaba casi todo el ancho de la pintura, por lo que no tardó en perderse de vista tras el marco del lado izquierdo. Tampoco duró mucho su estela, quedando de su anterior presencia solo el rítmico chapoteo de la vara al hendir el agua.

Era un sonido mesmerizante y, como se oía cada vez más apagado, de forma instintiva aproximé la oreja a la tela. En lugar de la esperada cadencia escuché la vocecilla de una niña que afirmaba llamarse María. Aunque mi asombro fue grande, en ese momento no fui consciente de la gran relevancia que tenía lo que acaba de oír. Me faltaba información y me faltó tiempo para reflexionar. Porque fue escuchar la voz de la niña y, de inmediato, notar que alguien me agarraba desde atrás por los hombros y, con una brusquedad que se me antojó innecesaria, me apartó del Die Toteninsel.

Hasta que no me giré y vi que estaba uniformado, no entendí el motivo de aquella falta de cortesía. Era el vigilante de la sala y la rudeza de su gesto quedaba justificada: yo me había acercado demasiado al cuadro y él había creído que estaba en peligro la integridad de una de las obras de arte a su cargo. Avergonzada de haber propiciado aquel malentendido, le pedí disculpas y me apresuré a abandonar la estancia. Lo hice, además, sin ni siquiera atreverme a mirar de nuevo La isla de los muertos. Tenía miedo de que la barca no estuviera en su sitio y aquel celoso guardián pudiera pensar que yo era la culpable.

De regreso al hotel, estuve un buen rato rememorando lo sucedido y llegué a la conclusión de que mi temor había sido absurdo. Quedaba claro que la belleza del cuadro de Böcklin me había provocado una especie de síndrome de Stendhal descafeinado. Y digo descafeinado porque, si bien la contemplación de aquella pintura me había causado alucinaciones sonoras y visuales y, como resultado de estas, sufrí un par de intensos escalofríos, no había experimentado el resto de los síntomas clásicos de ese mal, como son la alteración del ritmo cardiaco, la sudoración copiosa o incluso el desmayado. La experiencia había sido, no obstante, tan impactante que sentí la lógica necesidad de documentarme mejor sobre el cuadro y su autor.

Tras una reconfortante ducha, me puse manos a la obra. Pasé casi toda la noche en vela, pero el esfuerzo mereció la pena. Entre otras muchas cosas descubrí un autorretrato un tanto macabro de Böcklin, en el que el artista, pincel y paleta en mano, mira hacía el lienzo que supuestamente está pintando; y mientras, a sus espaldas, la muerte está haciendo vibrar con el arco la única cuerda que le queda a su violín. Para más inri, me enteré de que ese autorretrato está también en la Alte Nationalgalerie y, aunque solo fuera de paso, podía haberlo visto cuando me dirigía hacia la sala del Die Toteninsel. Y de haber sido el caso, quedaba explicado por qué las facciones de la figura de la toga me habían resultado familiares.

Autorretrato.jpg


No hace falta ser especialista en arte —desde luego yo no lo soy— para saber que incluirse en la propia obra es una práctica bastante recurrente entre los artistas. Fue por ello que en ese momento no le di mayor importancia a que una de las figuras de La isla de los muertos representara al propio pintor. Pero en el transcurso de esa noche, conforme fui disponiendo de más información sobre las circunstancias en que fue pintado el Die Toteninsel, la presencia de Böcklin en la escena adquirió una relevancia inesperada. Entre otras razones, porque echaba por tierra la hipótesis más extendida —entre los estudiosos del pintor— de que la figura que custodia el ataúd simboliza a Marie Berna.

Marie Berna, de soltera Christ, era una acaudalada burguesa renana que en abril de 1880 se presentó en el estudio que Böcklin tenía en Florencia. Acudía atraída por la gran fama del artista para encargarle que le pintara «un cuadro para soñar». El lienzo que ese día se hallaba en el caballete del pintor era precisamente una primera versión inacabada del Die Toteninsel —Böcklin acabaría pintando en total cinco versiones en solitario y una sexta en colaboración con su hijo Carlo—, que le había pedido su mecenas de Frankfurt, Alexander Günther. La pintura estaba ya muy avanzada y la visión de aquel solitario islote en medido del agua en calma le resultó tan evocador a Marie que su encargo acabó siendo que le pintara un cuadro parecido a ese.

Quedaron en que ella volvería por el estudio unas semanas más tarde, por lo que el pintor aparcó temporalmente la versión que tenía a medio hacer para dedicarse de lleno a la realización de una nueva para Marie. Ella regresó en la fecha convenida y pudo ver su cuadro casi terminado. Aunque se sabe que le encantó, se desconoce de qué conversaron exactamente ese día. Pero hablaran de lo que hablaran, lo cierto es que después de esa segunda visita Böcklin modificó el lienzo. Hasta entonces, delante del islote solo había habido agua y, a partir de ese día, hubo una barcaza con tres ocupantes. Este elemento no formaba parte de la idea inicial del pintor y, sin embargo, acabó introduciéndolo en las seis versiones que finalmente hizo del Die Toteninsel.

La coincidencia temporal de la conversación y del cambio en el cuadro ha contribuido, sin duda, a que la interpretación más popular entre los entendidos sea que la pintura simboliza el traslado a su morada definitiva, en la Isla de los Muertos, del cadáver del primer esposo de Marie, el doctor Georg Berna. De acuerdo con este supuesto, el barquero sería Caronte, la caja contendrían los restos del doctor Berna y la hierática figura vestida de blanco representaría a su joven viuda. Las circunstancias personales de Marie en el momento de hacer el encargo refuerzan también esta suposición. Y es que, aunque su primer marido había fallecido de difteria al poco de casarse y llevaba enterrado ya más de dos décadas, la viuda estaba prometida de nuevo y la boda se iba a celebrar en diciembre de ese mismo año. Este cuadro alegórico podía ser, pues, una forma elegante de poner fin a ese antiguo duelo antes de contraer sus segundas nupcias.

Esta no es, sin embargo, la única interpretación que se hace de la presencia de la barcaza. Hay otros doctos en la materia que defienden que Böcklin la introdujo en recuerdo de su hija María, muerta unos meses antes de recibir el encargo de pintar el cuadro. A favor de esta hipótesis está el hecho de que el cuerpo de la pequeña fue enterrado en un cementerio que el artista podía ver desde la ventana de su estudio de Florencia. Un cementerio lleno de tumbas de mármol blanco y cipreses que, según algunos entendidos, le habría servido de inspiración a la hora de pintar la necrópolis insular del Die Toteninsel. Pero ni siquiera a quienes defienden que el ataúd es el de la hija del pintor se les ha pasado por la cabeza nunca la idea de que la figura de blanco pueda representar al propio Böcklin.

Puesto que existe esta controversia, que yo viera parecido entre los rasgos faciales de esa figura del cuadro y los del pintor, así como que escuchara la vocecita de la niña afirmando que su nombre es María, tiene una gran relevancia para echar por tierra el supuesto de que en el cuadro se escenifica el traslado a La isla de los muertos del cadáver del primer esposo de Marie Berna. Fue una suerte, pues, que esa madrugara a mí, que soy una mujer eminentemente racional y que en principio di por hecho que había sufrido una simple alucinación, se me nublara el raciocinio de tal manera que acabé dando cierto crédito a cábalas que, en cualquier otra situación, habría tachado de demasiado fantasiosas.

Con todo, al día siguiente regresé a Madrid y, en cuanto estuve de nuevo inmersa en la vorágine laboral, me olvidé de lo ocurrido en el museo. Esa es la causa de que, cuando la semana pasada leí la noticia en la prensa, me quedara tan desconcertada. De hecho, lo primero que hice tras leerla fue pellizcarme las mejillas para asegurarme de que no estaba soñando. Pero no, estaba totalmente despierta y el texto del periódico no dejaba lugar a dudas: el Die Toteninsel de la Alte Nationalgalerie de Berlín había sufrido una inexplicable mudanza que concordaba a la perfección con lo que yo había presenciado durante mi visita al museo.

Sé por los periódicos que un comité de expertos creado ad hoc se está encargando de investigar lo sucedido. Uno de sus miembros, gran especialista en la obra de Böcklin, al ver el Die Toteninsel en su estado actual, se ha congratulado de que al fin los visitantes del museo pueden contemplar el cuadro como fue inicialmente concebido, en clara alusión a que delante de la Isla de los Muertos ahora solo haya agua. Pero, en cuanto a lo que ha podido suceder, aunque han hecho ya un minucioso examen técnico de la pintura, siguen estando muy desconcertados. Y es que la datación por radiocarbono indica que el cuadro es el auténtico y, al mismo tiempo, no han encontrado pinceladas recientes debajo las cuales pudiera hallarse oculta la barca de Caronte.

En un intento de hacer todo lo posible por desentrañar el misterio, los responsables del museo han facilitado a los medios de comunicación una cuenta de correo electrónico y un teléfono de contacto para que cualquier visitante, que crea haber visto el cuadro ya sin la barcaza, haga el favor de comunicar la fecha exacta en la que estuvo en el museo. Sé que mi deber es colaborar diciéndoles lo que vi. Pero estoy convencida de que no me van a creer y me asusta el daño que eso pueda causar a mi reputación. Lo último que se espera de una mente científica es que dé crédito a unos hechos tan increíbles como los que yo presencié en la Alte Nationalgalerie de Berlín.

Desde que sé que no fueron meras alucinaciones, mi cabeza no deja de generar hipótesis, a cual más descabellada, en un vano intento por encontrarle una explicación lógica a lo que vi y escuché. No puedo borrar de mi memoria la emoción de ese primer momento en el que me di cuenta de que la nave de Caronte se movía, ni el escalofrío que sentí al escuchar las risas infantiles de bienvenida a la nueva compañera de juegos. También me abruma el recuerdo de las extrañas sombras llevándose el ataúd al son de la lúgubre salmodia, y me fascina el del eco que creó en la sala el sonido de la pértiga hendiendo el agua cuando la barca parecía estar a punto de despeñarse. Pero si duda lo que más me conmueve de todo es recordar la dulce vocecita de la niña diciendo que su nombre era María…

Por más que me esfuerzo solo consigo elucubrar sinsentidos. Hay veces que, cansada de hacer absurdas cábalas, me digo que tengo falsos recuerdos porque me ensimismé demasiado mientras contemplaba el cuadro de Böcklin; y que lo otro, lo que dicen ahora los periódicos, es una maldita casualidad a la que antes o después se le encontrara una explicación lógica. Otras veces, en cambio, estoy convencida de que presencié realmente cómo desparecía la barcaza del Die Toteninsel de la Alte Nationalgalerie de Berlín. Pero sé que eso no tiene ni pies ni cabeza y que, si lo cuento, nadie me va a creer. De ahí que, pese a tener cierto sentimiento de culpa por no estar cumpliendo con mi obligación, haya decidido permanecer callada hasta que los expertos elaboren un dictamen final.

A veces siento la tentación de ponerme en contacto con la comisión, pero me reprimo y no lo hago. Pero lo peor de todo son los días en que me levanto con el morboso deseo de visitar las pinacotecas donde se hallan expuestos el resto de los Die Toteninsel. Y es que, en el fondo, tengo la inconfesable esperanza de que también en ellos veré cómo la barca de Caronte navega por la laguna Estigia y luego, cuando ya no quede ni su estela, escucharé de nuevo la dulce vocecita de María. De hecho, en el ordenador tengo la lista de las ciudades en que se hallan las otras versiones del cuadro y los días que me despierto con esa malsana obsesión en la cabeza, en cuanto me descuido, me sorprendo a mí misma haciendo las reservas para el viaje. Y cada vez que eso ocurre, dudo de mi cordura y me digo que no puedo posponer por más tiempo el buscar ayuda...



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Última edición por jilguero el 27 Ene 2023 13:12, editado 3 veces en total.


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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por Snorry »

He disfrutado de este bujío, se dice así? (La mayor parte de mi familia es gaditana, de La Línea, y no recuerdo haber oído esa palabra)
He leído absolutamente encandilado hasta tropezarme con la falsa hipótesis del movimiento de particulas. Ahí se me rompió el encanto un poco. Pero en conjunto ha sido muy grata lectura.

Saludos
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »

:hola: Hola Snorry
Snorry escribió: 24 Ene 2023 15:55 He disfrutado de este bujío, se dice así? (La mayor parte de mi familia es gaditana, de La Línea, y no recuerdo haber oído esa palabra)
Mira lo que dicen sobre el origen de la palabras: "Un bujío es una especie de choza, una construcción de dimensiones muy reducidas, por tanto es fácil la identificación con un cuchitril. Nos viene de América, del tahíno bohío (choza de ramas).", vamos del castellano antiguo. Y en Cadizpedia y Cordobapedia aparecen (hoy están de labores de mantenimiento).

En mi caso, la palabra se la escuché por primera vez a un pescador oriundo de Barbate pero que llevaba mucho tiempo viviendo en Cádiz capital. También la he escuchado en gente del ambiente carnavalesco. Y existen varios bares y ventas por la provincia con ese nombre. Pero no es una palabra que se use en el día a día. A mi me gusta por lo que tiene de refugio y, al mismo tiempo, de sencillez
Snorry escribió: 24 Ene 2023 15:55 He leído absolutamente encandilado hasta tropezarme con la falsa hipótesis del movimiento de particulas. Ahí se me rompió el encanto un poco. Pero en conjunto ha sido muy grata lectura.
¿Se rompió por resultarte increíble o se rompió por pasar de un mundo irracional o otro supuestamente más racional?

El motivo de poner esa solución es porque, en cierto modo, me identifico con la protagonista y, de haberme ocurrido algo así de insólito, en principo habría reaccionando pensando que había sido sugestión, lo del síndrome de Stendhal descafeinado. Pero si luego hubiera leído en la prensa que realmente el suceso había ocurrido, habría tratado de darle una explicación lo más racional posible.

La que pongo nace de algo que leí en un libro (traté de buscarlo cuando lo estaba escribiendo para refrescarlo pero no di con él). Hablaba de la probabilidad mayor o menor de los sucesos y explicaba el ejemplo de que, cuando una vaso de cristal se cae al suelo y se hace añicos, hay multitud de disposiciones en las que pueden quedar los diferentes trocitos (por extesión las partículas elementales de que se compone). Y entre esa inmensidad des disposiciones distintas, normalmente desordenadas respecto de la configuración original, estaba la de que los fragmentos se dispusieran de nuevo constituyendo el vaso tal cual; solo que esta era una única posibilidad entre millones y millones de posiciones posibles, con lo cual la probabilidad de que ocurriera era bajísima y, por ende, remotísima la posibilidad de que alguien fuera testigo del suceso. El contexto en que lo leí era serio y le di crédito.

Por supuesto, que ocurra eso hasta dar la sensación de movimiento, como ocurre en la historia, es ya delirante. Por eso al final se supone que hasta la protagonista duda de su cordura, en un intento de darle algo más de verisimilitud.

En cualquier caso, Snorry, ¿crees que estaría mejor si se cerrara la historia sin explicación alguna?


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Mensaje por Snorry »

jilguero escribió: 25 Ene 2023 10:49 :hola: Hola Snorry
Snorry escribió: 24 Ene 2023 15:55 He disfrutado de este bujío, se dice así? (La mayor parte de mi familia es gaditana, de La Línea, y no recuerdo haber oído esa palabra)
Mira lo que dicen sobre el origen de la palabras: "Un bujío es una especie de choza, una construcción de dimensiones muy reducidas, por tanto es fácil la identificación con un cuchitril. Nos viene de América, del tahíno bohío (choza de ramas).", vamos del castellano antiguo. Y en Cadizpedia y Cordobapedia aparecen (hoy están de labores de mantenimiento).

En mi caso, la palabra se la escuché por primera vez a un pescador oriundo de Barbate pero que llevaba mucho tiempo viviendo en Cádiz capital. También la he escuchado en gente del ambiente carnavalesco. Y existen varios bares y ventas por la provincia con ese nombre. Pero no es una palabra que se use en el día a día. A mi me gusta por lo que tiene de refugio y, al mismo tiempo, de sencillez
Snorry escribió: 24 Ene 2023 15:55 He leído absolutamente encandilado hasta tropezarme con la falsa hipótesis del movimiento de particulas. Ahí se me rompió el encanto un poco. Pero en conjunto ha sido muy grata lectura.
¿Se rompió por resultarte increíble o se rompió por pasar de un mundo irracional o otro supuestamente más racional?

El motivo de poner esa solución es porque, en cierto modo, me identifico con la protagonista y, de haberme ocurrido algo así de insólito, en principo habría reaccionando pensando que había sido sugestión, lo del síndrome de Stendhal descafeinado. Pero si luego hubiera leído en la prensa que realmente el suceso había ocurrido, habría tratado de darle una explicación lo más racional posible.

La que pongo nace de algo que leí en un libro (traté de buscarlo cuando lo estaba escribiendo para refrescarlo pero no di con él). Hablaba de la probabilidad mayor o menor de los sucesos y explicaba el ejemplo de que, cuando una vaso de cristal se cae al suelo y se hace añicos, hay multitud de disposiciones en las que pueden quedar los diferentes trocitos (por extesión las partículas elementales de que se compone). Y entre esa inmensidad des disposiciones distintas, normalmente desordenadas respecto de la configuración original, estaba la de que los fragmentos se dispusieran de nuevo constituyendo el vaso tal cual; solo que esta era una única posibilidad entre millones y millones de posiciones posibles, con lo cual la probabilidad de que ocurriera era bajísima y, por ende, remotísima la posibilidad de que alguien fuera testigo del suceso. El contexto en que lo leí era serio y le di crédito.

Por supuesto, que ocurra eso hasta dar la sensación de movimiento, como ocurre en la historia, es ya delirante. Por eso al final se supone que hasta la protagonista duda de su cordura, en un intento de darle algo más de verisimilitud.

En cualquier caso, Snorry, ¿crees que estaría mejor si se cerrara la historia sin explicación alguna?
Sí, es el intento de darle racionalidad al suceso es lo que, en mi opinión, le quita encanto. Pues es una hipótesis muy absurda. Además, por qué tratar de racionalizarlo? El texto me remite a mi cuento favorito, de la Yourcenar (copio enlace del primer sitio que he visto): https://proyectandoleyendo.files.wordpr ... cenar1.pdf

Espero no parecer "esaborío"

Saludos
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Snorry escribió: 25 Ene 2023 12:07 Sí, es el intento de darle racionalidad al suceso es lo que, en mi opinión, le quita encanto. Pues es una hipótesis muy absurda. Además, por qué tratar de racionalizarlo? El texto me remite a mi cuento favorito, de la Yourcenar (copio enlace del primer sitio que he visto): https://proyectandoleyendo.files.wordpr ... cenar1.pdf

Espero no parecer "esaborío"
En absoluto eres "saborío", soy la primera que reconoce que no le acaba de convencer. Mira lo que dijo Jilguero como presentación a Cata: " Te dejo una pamplina que empecé con mucha gana pero que me ha costado mucho acabar. Aunque no me convence demasiado...".

Tras documentarme, lo empecé dejándome llevar por lo que me evocaba el cuadro y, luego, mi racionalidad me pidió buscar una explicación a lo que había creído ver. Pero no he logrado hacerlo bien. Me cuesta renunciar a esa explicación absurda porque es la que vi/veo (la podría intentar poner más sutil). Aparte, puedo intentar también hacer una versión bis donde no aparezca ningún razonamiento científico ni explicación lógica, aunque no sé si lograré que mejore. :wink:

Conozco ese relato de MY y me encanta. No te extrañe que al ver el cuadro con ese ambiente un tanto onírico y la barcaza, mi subconsciente haya tirado de ese recuerdo. ¡Precioso el cuento de Yourcenar, pura poesía!


*****


Esta mañana, Cata, estaba de nuevo Tomás fuera. Aunque estaba muy oscuro, decidí sacar una foto pensando que solo se vería la silueta, pero la cámara le ha metido más luz de la que había. :cunao:

Tomás.jpg


Y el amanecer en el puente nuevo muy chulo.

Punte nuevo.jpg
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »

Snorry escribió: 25 Ene 2023 12:13 Pues es una hipótesis muy absurda.
Hipótesis absurda eliminada. Lo he rematado lo mejor que he podido. No se le pueden pedir sámaras al peral :P.


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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »

Decía Usía página atrás:
hexagono69 escribió: 25 Dic 2022 16:33 Y todo esto fue porque paseando por aquí vi una calle que se llama del Doctor Thebussem y mire en la web.
Pues ahora he buscado en Medina Sidonia, su pueblo, y también hay una calle con su nombre. Imagino que donde estará su casa natal, aunque el ordenador anda lento y no me deja pasear por ella cono el Google Earth.

Voy a ver si me documento un poquito sobre este personaje, creo que merece la pena. Aunque ahora lo que me apetecería es alguna pamplina más libre, donde la imaginación tenga muchos grados de libertad. :wink:

A todo esto, Cata, tanto desear que llegara el invierno, tanto desearlo y ahora hace tanto frío que tampoco está uno confortable. Y eso que están siendo unos días superluminosos. Fíjate cómo estaba de hermosa ayer la playa y la poca gente que había. Corría un biruji que hacía que le gente buscara el sol a la recacha.

20230128_132033.jpg

Necesitamos nubes que templen el frío y lluvia que nos llene los pantanos. Aunque a ser posible que sea después de la próxima luna llena, que últimamente no sé si es casualidad o que, cada vez que hay luna nueva del lado del puente nuevo está el cielo encapotado.

Estos días seguro que están las plantas escarchadas en Hispalis y es muy posible que no haya ojos dispuestas a apreciarlas. Porque cuando paseo por allí en la amanecida la poca gente con la que me cruzo va concentrada en sus ejercicios físicos, con los casquitos puestos y la mirada perdida, como si nada de lo que le rodea, de lo que le ofrece la naturaleza en la urbe, le interesara.

Él, en cambio, el poeta, si se fijaba y de días fríos y soleados, como estos, decía en su Sol de invierno:

Es mediodía. Un parque.
Invierno. Blancas sendas;
simétricos montículos
y ramas esqueléticas.

Bajo el invernadero,
naranjos en maceta,
y en su tonel, pintado
de verde, la palmera.

Un viejecillo dice,
para su capa vieja:
«¡El sol, esta hermosura
de sol!...» Los niños juegan.

El agua de la fuente
resbala, corre y sueña
lamiendo, casi muda,
la verdinosa piedra
.


El poeta cuyo último verso, escrito en un trozo de papel encontrado en su bolsillo después de muerto, decía:
Estos días azules, y este sol de la infancia.

Intentemos, Cata, hacer un esfuerzo para recuperar esos días en los que la vida se extendía ante nosotras como una promesa, esos días en los que no cabía mirar hacía atrás porque apenas si teníamos pasado...

Al principio parece que hasta las cuerdas del violín están heladas. :cunao:
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »

jilguero escribió: 29 Ene 2023 12:59 Necesitamos nubes que templen el frío
Pues ayer tarde, Cata, parece que mi deseo fue escuchado, al menos en parte, y tuvimos un atardecer nuboso y con el ambiente algo más templado. Fue precioso.

Atardecer nuboso.jpg
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jose2v
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por jose2v »

Sietecolores, preciosa imagen has captado.
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jilguero
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »

jose2v escribió: 30 Ene 2023 12:26 Sietecolores, preciosa imagen has captado.
Fue un atardecer precioso. Además, después del frío de la mañana, esas nubes templaron algo el ambiente y daba la sensación de que era la luz cálida del atardecer quien hacia de estufa :D.


Pero hoy venía yo a hablarle a Cata de otros soles y otras calideces...

Y es que dado que las noticias de lo que ocurre en el mundo no suelen ser buenas, cada vez más tiendo a pasear en la amanecida escuchado algún pódcast divulgativo sobre temas de lo más variado. Hoy, sin ir más lejos, he escuchado uno sobre la no existencia del tiempo, que vendría a ser, dicho con una metáfora muy simple para aclararnos, como un mantel extendido sobre una mesa donde desde siempre están ya colocados, por ejemplo, el primer plato, el segundo y el postre; y es el observador, el orden en que este los vas percibiendo, quien los ordena y a ese orden le llama tiempo. Eso más o menos lo he comprendido, pero no cuando a continuación ha dicho que el tiempo puede ser un proceso cuántico de nuestro cerebro del que aún no se ha localizado la zona donde tiene lugar. :shock:

Pero de lo que yo venía a hablarte, Cata, es de las cefeidas que son unas estrellas cuyas luminosidad cambia de forma periódica. Son como una suerte de farolillos del Universo que se apagan y se encienden, pero no de cualquier manera, sino guardando una relación entre cómo de luminosos llegan a ser y la periodicidad con que se encienden y apagan. El que las cefeidas sean tan "disciplinadas" las hace muy útiles para medir las distancias intergalácticas. Y sin meternos, Cata, en grandes profundidades sin saber, lo que sí te diré, porque viene al caso, es que esos cambios de luminosidad se deben a que a veces la materia de que están hechas se concentra y el tamaño de la estrella se va haciendo cada vez más pequeño. Conforme eso ocurre, se va calentado (sus partículas están más próximas y ocurren más reacciones nucleares como pasa en el Sol) y emite una fuerte luz. Al emitir esa luz, que no deja de ser energía, la materia deja de concentrarse y el tamaño de la estrella vuelve a hacerse más grande y, conforme lo hace, se va enfriando cada vez más y la luz que emite es cada vez menor. Y cuando se enfría demasiado, deja de expandirse y otra vez empieza a contraerse, como si fuera un globo que se infla y se desinfla y, en paralelo, se apaga y se enciende, respectivamente.


Imagen


Y mira tú por donde me ha dado por ver cierta analogía entre cómo se comportan las cefeidas y como lo hacen los sentimientos humanos de las parejas. A veces una persona se siente atraída hacia otra y eso la hace acortar la distancia en todos los sentidos, se conocen mejor, interactúan, la cosa se caldea y sus rostros hasta se vuelven más luminosos. Pero tanta proximidad hace que acaben saltando chispas, empiezan los roces y comienzan a distanciarse, los sentimientos se enfrían y sus rostros dejan de irradiar alegría. La pena es que raramente los humanos tienen el temple, que sí tienen las cefeidas (al menos hasta que se les agota sus reservas), para encontrar un equilibrio que les permitan volver a ser de nuevo luminosos a cada nuevo encuentro. En vez de eso, muchos de nuestros congéneres, cuando no son capaces de alejarse del todo, en lugar de volver a tener encuentros venturosos a menudo de hacen daño y es lo que denominamos relaciones tóxicas.

Pensando en estos faros del universo, que son las cefeidas, me digo que, al igual que las personas solitarias pueden tener por modelo a la austera Mucizonia, capaz de crecer sola y entre las piedras, aquellas otras que tienen más aspiraciones y gustan de vivir en compañía deberían de levantar la vista hacia el cielo y escoger como maestras a las cefeidas...


Imagen


Y después de esta parida :D, qué menos que dejarte bonitas imágenes con agradable musiquita.



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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por Gretogarbo »

¡Pero qué culta y profunda te veo, jilguero!
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »

Gretogarbo escribió: 01 Feb 2023 13:30 ¡Pero qué culta y profunda te veo, jilguero!
Imagino que viniendo de Greto estará dicho con un toque de retranca gallega. Jajaja.

Más culta no lo voy a lograr porque tengo ya una memoria que es un colador, pero si es verdad que estoy dedicando más tiempo a leer cosas más atemporales que a estar al tanto de lo que ocurre en el mundo. Esto último es tan desalentador que prefiero enterarme de otras cosas.

Hoy, por ejemplo, he escuchado uno que iba del movimiento del núcleo de la Tierra, que como ya sabrás tiene una parte central sólida, pese a estar muy caliente (la presión lo mantiene así), rodeada de otra fluida y eso le permite comportarse como una planeta dentro de otro planeta. Pues bien, parece ser que últimamente no solo se ha frenado, sino que ha cambiado la dirección de giro respecto al resto del planeta.

Al pronto, al escuchar eso, he sentido que mis pies no parecían estar tan seguros apoyados en el suelo. Pero la voz ha dicho a continuación que esto no es la primera vez que ocurre, que ya pasó en los años 70 y eso me ha hecho volver a sentirme segura con los pies sobre la Tierra.

0_1674828485.jpg
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por Gretogarbo »

jilguero escribió: 02 Feb 2023 11:00Imagino que viniendo de Greto estará dicho con un toque de retranca gallega.
Esta vez la retranca había quedado aparcada.
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Re: El bujío de Santa Catalina 2 (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »

Gretogarbo escribió: 02 Feb 2023 11:05 Esta vez la retranca había quedado aparcada.
Pues mejor no hablo del podcast de hoy, sobre la fusión nuclear, no sea que desaparques la retranca y le digas a Jilguero que lo ves muy oscuro (jajaja).

*****

Hoy, Cata, ha amanecido un día de esos de invierno esplendoroso, frío sin pasarse, y muy soleado. Aprovechando que era fin de semana y que no había prisa alguna, he desayunado en una terraza del centro. Y mira a quién he tenido de compañero de deayuno.

Se ha posado en el respaldo del sillón de al lado y ha mirado atentamente cómo me comía el mollete con aceite d eoliva. Al final me he sentido incómoda y le he acabado lanzando algunas miguitas y, por la forma en que se las ha comido, también le encanta el pan con aceite.

Compañero de desayuno.jpg

También te quería comentar que ando leyendo un libro sobre el pintor Waterhouse. Tiene cuadros muy interesantes, pero hay uno que me ha dejado saeteada por su belleza: Santa Eulalia.

De esta santa mártir nos cuenta la wikipedia que "Eulalia fue martirizada en el año 304 en Augusta Emerita (actualmente Mérida, Jilguero dixit), entonces bajo el dominio de Roma por negarse a hacer sacrificios a los dioses romanos. Era la época en la que el emperador Diocleciano había emitido un decreto que prohibía a los cristianos dar culto a Jesucristo y obligaba a adorar únicamente a los dioses romanos.

El método de su muerte fue terrible, dos verdugos la rasgaron el cuerpo con ganchos de hierro, luego la azotaron y aplicaron antorchas encendidas en los senos y los costados hasta que finalmente, cuando el fuego alcanzó su pelo, se extendió por su cuerpo y murió quemada. Las personas que presenciaron su muerte vieron que de su boca salía una blanca paloma que se dirigía al cielo, como si fuese el alma de Eulalia dirigiéndose hacia Dios. Los verdugos, al contemplar la escena, huyeron despavoridos, más cuando empezó a caer una milagrosa nieve que ayudó a a conservar su cadáver hasta que posteriormente, se llevaron su cuerpo para enterrarla en una sepultura sobre la que se construiría la iglesia martirial de Santa Eulalia de Mérida.


Pues bien Waterhouse evita todos los detalles cruentos de la historia y nos pinta una santa Eulalia, en posición de crucificada, pero con una brazo doblado de tal manera que paree estar sumergida en un sueño placentero; y con el cabello rojizo esparcido sobre la nieve, quizás queriendo dar la impresión del fuego que pendió su pelo.

Waterhouse Saint_Eulalia 1885 detalle.jpg


Me parece una imagen preciosa sobre la cual a lo mejor vuelvo un día para profundizar en la historia de esta mártir niña. De momento te dejo también esta imagen del cuadro entero para que veas la paloma blanca en vuelo (hay más de una en el cuadro, te señalo solo una) que supuestamente salió de su boca al morir y que representa su Animula, vagula, blandula / Hospes comesque corporis que decía Adriano.

John_William_Waterhouse_-_Saint_Eulalia_-_1885.jpg


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