El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

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jilguero
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

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Un sueño de siglos



El cormorán se despertó de su sueño de siglos y miró sorprendido a su alrededor. En otros tiempos, cuando la isla estaba casi desierta, la bahía era un paraíso donde ellos, los cormoranes, pescaban a su antojo entre las raras barquichuelas que en aquella época faenaban en sus aguas. Los lugareños solían ser hospitalarios con los forasteros, incluidos los pájaros migrantes como ellos. En parte, porque era agradable que alguien rompiese la sosegada y, a la vez, tediosa cotidianidad del islote; pero, sobre todo, porque eran sumamente curiosos y estaban ávidos de recibir noticias de lo que ocurría fuera de los confines de aquel pequeño mundo insular.

Posadero del cormorán fenicio.jpg


«¡Qué cambiado estaba todo!», se dijo mientras miraba a su alrededor. Se hallaba posado sobre unos bloques de piedra que nunca antes había visto y tenía enfrente una pared amurallada también desconocida. Giró la cabeza para acicalarse las plumas del dorso y las vio recubiertas de un polvo ceniciento cuyo origen tampoco supo situar. Tantas novedades le provocaron un ligero desasosiego y, en un intento de recobrar la calma, cerró los ojos y trató de regresar a través de los recuerdos al mundo conocido de antaño: a esa vida suya de antes del largo sueño del que se acababa de despertar...

Recordó, entonces, que él estaba allí cuando llegaron a la isla quienes muy pronto la pondrían patas arriba y acabarían con su paz. Poco después de su llegada, se corrió el rumor de que los nuevos visitantes eran dos divinidades originarias de la lejana ciudad de Tiro. De él, Melkart, se decía que era un trotamundos infatigable y que en uno de sus habituales viajes, cuando se encontraba descansando en medio de un frondoso matorral, escuchó una alegre algarabía procedente de un claro cercano; picado por la curiosidad, se puso en pie y, oculto tras unos arbustos, vio por primera a Astarté. Por aquella época, ella era la diosa del amor, de la fogosidad y de la guerra: una criatura tan ardiente y juguetona que, según las malas lenguas, no tenía el menor reparo en solazarse con hombres, mujeres o niños.


Astarté y Melkart.jpg


De Melkart se decía además que, tras un rato de espiar los desinhibidos retozos de Astarté, se había enamorado de ella hasta las trancas. A partir de ese momento, yacer con aquella apasionada diosa se había convertido en su obsesión. Para conquistar su corazón, había urdido un plan: llevaría a cabo una docena de gestas sin parangón con las que esperaba deslumbrarla. Y aunque las proezas del fenicio divirtieron a Astarté, ella, diosa mimada por la suerte y sumamente caprichosa, había continuado en sus trece de no solazarse con aquel valeroso pretendiente.

En lugar de darse por vencido, Melkart decidió cambiar de táctica y convertirse en una especie de pesado moscardón que seguía a su pretendida allá a donde esta iba. Astarté no pareció darse por enterada y continuó revoloteando de un lado para otro como si fuese una bella mariposa libando de flor en flor. Y así continuaron las cosas hasta el día en que la casualidad hizo que se detuviese a retozar justo en esa isla en cuya bahía ellos, los cormoranes, pasaban largas temporadas pescando a sus anchas.

Nunca estuvo claro si la juguetona deidad dio su brazo a torcer fascinada por la belleza de los paisajes del islote o bien porque la doblegó la bondad de su clima. Pero lo cierto es que fue justo ahí donde al fin consintió en yacer con el testarudo pretendiente. Hecho que desencadenó enseguida un gran trasiego en las canteras e hizo que los lugareños se convirtiesen en una larga hilera de hormigas portadoras de piedras para la construcción de una ciudad. Pronto, donde antes solo había cabañas de paja desperdigadas, se apiñaron enormes casas hechas con bloques idénticos a esos en los que él estaba ahora posado. Al nuevo emporio lo llamaron Gadir; y fue el elegido para la celebración, por todo lo alto, de las nupcias de los dos advenedizos. Y al banquete, de una suntuosidad nunca antes vista, fueron invitadas todas las divinidades del Olimpo fenicio.

Es indiscutible que los habituales del lugar estábamos muy entretenidos con tanto trasiego y tanto boato, y por eso recibimos con alegría la noticia de que los recién casados planeaban quedarse en las isla para siempre. Pero ocurrió algo inesperado que torcería sus planes. Y es que, tras la boda, la descocada Astarté decidió sentar cabeza y, poniendo fin a sus frívolos juegos de soltera, se convirtió en una esposa fiel y sumisa. La opinión de la gente fue que se había despojado de sus atributos de diosa de la fogosidad y de la guerra para engalanarse, en su lugar, con otros más apropiados a su nuevo estatus de diosa de la fertilidad y la maternidad.

Y como a menudo sucede entre dioses y entre mortales —tampoco es que los cormoranes podamos en esto tirar la primera piedra—, cuando el rijoso Melkart se dio cuenta de que a su compañera de lecho ya no le gustaban tanto las escaramuzas amorosas y que su apetito había dejado de ser insaciable, perdió todo interés por ella. De hecho, no tuvo el menor reparo en repudiarla y volverse él solo a Fenicia.

En los meses siguientes a su marcha, la bella Astarté solía asomarse a diario a la bahía desde la escollera. Es verdad que a ratos se entretenía viéndonos pescar; pero la mayor parte de tiempo la pasaba mirando hacia la lejanía, como si tuviera la esperanza de que Melkart fuera a regresar en cualquier momento. Y nosotros, que estábamos también prendados de su belleza y, entre chapuzón y chapuzón, solíamos contemplar su figura sobre la escollera, fuimos testigos de cómo día a día se le fue abultando el vientre*…

Un sordo chapoteo en el agua hizo que el cormorán fenicio abriese los ojos y viera ante sí una mole inmensa que navegaba con tal lentitud que parecía haber echado ya el ancla. No recordaba haber visto antes nada similar a aquella especie de gigante que pretendía navegar sin valerse de remos o de velas. «¡A quién se le ocurre…! ¡Con razón va tan lento!», se dijo mientras levantaba el vuelo para inspeccionarlo más de cerca. Sobrevoló la cubierta y, de súbito, sintió un inopinado impulso de posarse en él. Lo hizo en la borda de proa, justo encima de un viejo mascarón de madera que le había pasado desapercibido durante el vuelo de reconocimiento.

Entretanto, desde su alto pedestal de piedra, la diosa Gades seguía mirando hacia la lejanía. Las primeras señales de la embarcación las había visto horas antes, cuando esta se hallaba todavía muy lejos y la curvatura del horizonte solo le había permito columbrar la negra fumarola que vomitaba la chimenea de popa. Luego, en cambio, una vez estuvo más cerca, pudo comprobar que era un simple carguero: «Uno más de los muchos que veo a diario adentrarse en la bahía», se dijo en un tono que indicaba más bien hartazgo. Y aunque siguió atenta a su avance, lo hizo ya con una indolencia que denotaba cierta desesperanza.

Tras rebasar la bocana de la bahía, la embarcación se encaminó hacia el puerto surcando sus remansadas aguas con una lentitud majestuosa. Después de tanto tiempo de escudriñar la aproximación de los navíos, con solo ver al grado de hundimiento del casco podía estimar su carga con una precisión de marchante fenicio. En este caso, el casco apenas estaba hundido hasta la mitad y, sin embargo, el carguero avanzaba con un ritmo jadeante: «Otro listo para el desguace», concluyó, Gades, con su acostumbrada frialdad de bronce.

El buque continuó acercándose cada vez más despacio y, por un instante, la diosa tuvo la impresión de que se había detenido. La superficie del agua seguía en calma y, pese a ello, de rebato el morro del carguero hizo un extraño cabeceo. Era como si alguna criatura marina de dimensiones monstruosas se hubiese colocado justo debajo del casco y le hubiera aupado la proa a fin de que ambas efigies se viesen. En ese mismo momento, un cormorán con el dorso polvoriento levantó el vuelo desde la borda y se posó sobre una suerte de moderno obelisco que sobresalía del agua unos cinco metros.

En cuanto se enfrentó al mascarón de proa, la diosa de bronce tuvo la impresión de estarse viendo en un espejo. Se encontró avejentada y corroída, pero con la plenitud de lo vivido iluminándole los ojos. Cayó, entonces, en la cuenta de que siempre había tenido el cerebro frío —«como el bronce», pensó— de una recta matrona, pero el corazón ardiente de una aventurera. Aquella figura resquebrajada y desteñida regresaba con la dignidad intacta tras haber corrido mil aventuras. Era, pues, la prueba de que ella se había equivocado. Y se reprochó a sí misma su falta de arrojo para, en vez de vivir con mesura a la espera de un padre para sus hijos, haberse embarcado a fin de conocer mundo.

Por su parte, la salitrosa efigie surcamares creyó ver en aquella lozana y broncínea joven a la hija que nunca tuvo por falta de tiempo. En sus ojos descubrió el tedio de quién ha esperado demasiado, y el reproche de quien al fin ha reconocido a la causante de sus desventuras. Experimentó, pues, un profundo sentimiento de culpa por no haber templado a tiempo aquel frío cuerpo con la calidez de su regazo; y lamentó, asimismo, que su vientre, ahora estéril, no hubiera albergado alguna vez otra vida.

Desde su improvisado posadero, el cormorán de dorso ceniciento miró alternativamente a un rostro y a otro sin dar crédito a lo que estaba viendo. Se parecían tanto a Astarté que ahora se preguntaba si, cuando siglos atrás la bella diosa había oteado el horizonte desde la escollera, en su abultada barriga no habría dos criaturas en lugar de solo una.

El casco del carguero volvió a su posición horizontal y, con un ritmo cada vez más jadeante, dejó atrás la oscura figura de la diosa. Las dos caras de la misma moneda se volvieron a dar la espalda y, de inmediato, el olvido puso punto final a aquel maléfico juego de espejos. Y la plenitud de lo vivido se reflejó de nuevo en la mirada del resquebrajado mascarón de proa; y la esperanza se asomó otra vez a los ojos de la estatua de bronce.

En su nuevo posadero, el cormorán fenicio giró la cabeza para acicalarse las plumas del dorso y las volvió a ver recubiertas de ese polvo ceniciento cuyo origen desconocía. Haciendo gala de una sabia prudencia, decidió no hurgar en su memoria sobre cómo se habría ensuciado las plumas de aquel modo; en su lugar, trató de volver a sumergirse en los recuerdos de ese otro tiempo en el que ellos, los cormoranes, pescaban a sus anchas en las aguas de aquella bahía mientras la diosa repudiada miraba a lontananza desde la escollera.


La silueta del vientre abultado de la bella Astarté le hizo sentir una intensa nostalgia y cerró los ojos para rememorarla mejor. Y fue así, desempolvando viejos recuerdos, cómo el cormorán del dorso ceniciento se topó con esa última evocación en la que, al cerrar los ojos, se sumergía de nuevo en aquel reparador sueño de siglos…

Encuentro.jpg


* La leyenda nada dice del fruto de los apasionados primeros encuentros de los contrayentes; y tuvieron que pasar muchos siglos antes de que un escultor gaditano —Juan Luis Vasallo—, en una de sus estancias veraniegas en su ciudad natal, descubriera a la diosa Gades encarnada en una de las bañistas de la playa. La reconoció enseguida porque en su cuerpo, que mostraba desnudo sin perder por ello el recato, se adivinaba tanto la primigenia desinhibición de su fogosa madre como su posterior contención de esposa fiel.

Desde que el artista la inmortalizara con el legendario viento de Levante agitándole los cabellos y con una mano protegiéndose los ojos de la luz cegadora de esta tierra de fenicios, la diosa Gades muestra su desnudez sin ningún pudor. Los más pacatos piensan que se exhibe desnuda en un alarde de desvergüenza, cuando lo único que ella hace es otear el horizonte a la espera de que aparezca ese alguien digno de poner fin a su intacta probidad de siglos.




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Última edición por jilguero el 08 Ago 2020 12:14, editado 3 veces en total.
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

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Aqui te dejo, Cata, una pamplina construida con algunas de las imágenes que veo cada mañana mientras paseo entre dos luces.

Y sí, Catulo tenía razón: ¡el cormorán de dorso polvoriento, que vi una mañana, era fenicio!

A ver si le encuentro una música adecuada y se la añado.

PD: Maestro Gavalio, Megan, en ello está ya el pájaro :wink:.
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

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Resulta, Cata, que los colegas de Catulo han debido recibir la orden de no consentir las aglomeraciones juveniles de los fines de semana y eso hace que, salvo corpúsculos ínfimos, las amanecidas de la Muralla San Carlos y la Punta san Felipe sean para dusfrute de pescadores, paseantes, diosas, cormoranes fenicios y gaviotas.

Esta mañana no he podido evitar mirar con suma simpatía a los chavales que estaban absortos en la pesca, atentos a los movimientos del mar y de sus cañas, como contraste a cuatro chavales que diez metros tierra adentro caminaban sujetando entre dos a uno que no se tenía en pie. Todos ellos son jóvenes pero unos han escogido un camino más solitario y los otros el que es más común: el gregario.

Lo reconozco: siento debilidad por los espíritus solitarios, vivan solos o acompañados. :60:
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por hexagono69 »

Podías haberte explayado mas en Hércules-Melkart y sus famosos trabajos y en especial en el que inicio la apertura del estrecho de Gibraltar y sus dos columnas.

No me queda clara la identidad del cormoran fenicio, ¿Que es un ente atemporal?

En cuanto a la imagen de Astarté no deja de ser muy inquietante con un par de alas y unas poderosas garras en vez de pies, y pisando a un par de leonas y con un par de hombres búho en posición de firmes, una corona de cuernos estilo babilónico y algo en las manos que no se que es. A lo mejor no era de trato fácil o muy mandona o le olía el aliento a ajo o a gallineta, y encima si se volvió frígida pues no es de extrañar que H-M buscara aires mas favorables, algo parecido a nuestro Ex-emérito.

:hola:
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por lucia »

Menuda descoordinación entre los dos amantes. Así es normal que no acabasen su vida juntos.
Un libro es un mundo por descubrir.

¿Todes? ¿Qué clase de animal son los todes?
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

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lucia escribió: 09 Ago 2020 20:31 Menuda descoordinación entre los dos amantes. Así es normal que no acabasen su vida juntos.
Parece que Astarté se atenía a su nuevo papel de esposa y eso no era lo que esperaba Melkart (versión fenicia de Heracles y Hércules).
hexagono69 escribió: 09 Ago 2020 17:31 Podías haberte explayado mas en Hércules-Melkart y sus famosos trabajos y en especial en el que inicio la apertura del estrecho de Gibraltar y sus dos columnas.

No me queda clara la identidad del cormoran fenicio, ¿Que es un ente atemporal?
Las reclamaciones habré de pasárselas al cormorán, pues él ha sido quien ha recordado lo que le ha apetecido. Quizás sea más amigo de las noticias rosas que amante de lo épico. Y veo complicado que se avenga a hablarnos de los hercúleos trabajos porque se ha vuelto a dormir.

En cuanto a su identidad, lo vi hace unas semanas posado en los bloques que aparecen en la foto. Tuve la sensación de que estaba polvoriento, como si formara parte de las ruinas. Catulo dijo que igual era fenicio. Y oye, cuando me puse atenta a lo que rememoraba ha resultado tener razón. :)

PD: Cata, este fin de semana he estado muy atareada con otro tipo de pamplinas que también me gustan mucho. Eso sí, tengo las cervicales adoloridas.

No demasiado mal.jpg
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por jilguero »

Sigo, Cata, saliendo a pasear como un reloj, siempre a la misma hora, y eso hace que cada vez sea más de noche y que para quienes las calles son su casa no estén aún levantados.

Malos tiempos para el Poeta de Guardia. No sé si seguirá poniendo su mesita y ofreciendo poesía, pero con las mascarillas y la distancia social no creo que tenga muchos clientes. Encima, el hecho de que duerma otra vez en la calle es señal de que se ha quedado sin su bailaora y sin su techo. Lo he visto ya varias veces en el mismo banco del paseo, pero cuando paso está todavía :sleepy: :sleepy:.

Por lo demás, sin novedad dentro de la rareza que es vivir en este largo estado de pandemia. :desierto:
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por Gretogarbo »

jilguero escribió: 12 Ago 2020 18:57... sin novedad dentro de la rareza que es vivir en este largo estado de pandemia.
Y lo que nos queda, jilguero. Esto va para largo y las medidas serán más restrictivas con el paso de los días. Por esta esquina, han prohibido fumar en la calle si no se mantiene la distancia de seguridad. Es decir, si vas fumando y no tienes a nadie en un radio de dos metros, puedes ir sin mascarilla. Los corredores, no; ellos no contagian y pueden exhalar todo lo que quieran. Sin embargo, yo, peatón, aunque no tenga a nadie en un radio de un kilómetro, debo ir con mascarilla. A no ser que baje a la playa y me tumbe al sol; ahí puedo permanecer horas sin tapabocas, incluso roncando, que no pasa nada (¿si me pongo a la sombra de un toldillo también es válido?).

¿Alguien entiende algo? Yo no.
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

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Gretogarbo escribió: 13 Ago 2020 09:35 ¿Alguien entiende algo? Yo no.
Si sigues cómo van ocurriendo las cosas verás que tienen una lógica inicial que se va desvirtuando por incumplimiento de la gente.

La norma inicial era mascarilla o distancia social. Vale, corredores sin mascarilla pero dijeron que en ellos la distancia social habría de ser mayor (no recuerdo si 5 o10 metros). Si un corredor mantiene esa distancia de los demás es porque corre por lugares solitarios. ¿Qué ha pasado? Que con la excusa de"yo mantengo la distancia" un montón de gente iba sin mascarilla por lugares imposibles de mantenerla. Para evitarlo: mascarilla y distancia. Otro tema, los fumadores: como no pueden fumar con mascarilla, van fumando sin ella y sin mantener distancia. Pues ahora prohibido hacer eso en Galicia y Andalucía ya se lo está planteando. Y lo de corredores debería ser los siguientes.

En cuanto a llevar la mascarilla si vas por el campo, lo lógico es no llevarla y si ves venir a alguien te la pones. Yo paseo sin ella pero jamás me cruzo con nadie sin ella. Han pasado coches de policia cerca y no me han dicho nada. Si me topo con alguno que se quede con la literalidad y no con la razón última, y me multa, pues me aguantaré.

Es decir, detrás de este ir poniendo parches está la irresponsabilidad de parte de la población, no sé si por mala voluntad o porque no usan las neuronas. Ejemplo: esperando que abran una ferretería, llega un señor con mascarilla, se me acerca y,justo entonces, se la baja para preguntarme a qué hora abren. Está claro que este buen hombre no se ha parado a pensar para qué lleva la mascarilla.
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Mensaje por Gretogarbo »

jilguero escribió: 13 Ago 2020 10:04Si sigues cómo van ocurriendo las cosas verás que tienen una lógica inicial que se va desvirtuando por incumplimiento de la gente.
Pues yo nunca vi esa lógica inicial, jilguero. Ni inicial, ni intermedia, ni actual. Van improvisando al tuntún en cualquier aspecto y como ya han legislado tanto, unas normas se contradicen con otras. Que no sé cómo cojones saben los que vigilan qué hay que aplicar en cada caso.
jilguero escribió: 13 Ago 2020 10:04En cuanto a llevar la mascarilla si vas por el campo, lo lógico es no llevarla y si ves venir a alguien te la pones.
Eso sería lo lógico pero esta lógica, en las autoridades sanitarias, brilla por su ausencia. Yo soy antimascarilla en habiendo distancia social, pero como me jodería muy mucho tener que pagar una multa por su no utilización, la llevo puesta en todo momento así que salgo por la puerta de mi finca, aunque no me cruce con nadie en kilómetros, o de mi despacho laboral. A mí no me quita nadie de la cabeza que llevar eso en la entrada de las vías respiratorias todo el santo día será, a la larga, perjudicial. Y si no, al tiempo.
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Veo, Greto, que tú piensas que quienes fallan son los de arriba. En mi caso, veo tan claro que sin una conducta responsable de los ciudadanos esto es imparable de momento, pongas a gobernar a quien pongas, que mi enfado actual es con los ciudadanos que pasan de cumplir con su parte y luego exigen y exigen.

¿Qué alternativa ves a la mascarilla si la gente no mantiene la distancia porque no puede o no quiere?
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Mensaje por Gretogarbo »

jilguero escribió: 13 Ago 2020 12:05... tú piensas que quienes fallan son los de arriba. En mi caso, veo tan claro que sin una conducta responsable de los ciudadanos esto es imparable de momento, pongas a gobernar a quien pongas, que mi enfado actual es con los ciudadanos que pasan de cumplir con su parte y luego exigen y exigen.
Fallan los de arriba y fallamos los de abajo. Y los que están en el medio, los que tienen potestad para multar. Que se pongan a multar y/o sancionar a todo aquel que vaya contra las normas puestas por los de arriba, por muy absurdas que sean, y ya verás como los de abajo cumplen con ellas.
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Gretogarbo escribió: 13 Ago 2020 12:14 Que se pongan a multar y/o sancionar a todo aquel que vaya contra las normas puestas por los de arriba, por muy absurdas que sean, y ya verás como los de abajo cumplen con ellas.
Al final, como prevenir es mejor que curar, lo que vamos a tener que aumentar es la plantilla de los sancionadores...

Pero sí, estoy de acuerdo contigo en que, si no es con sanción (aquí iría el caracono nuevo), el personal se pasa las normas por las entretelas.

Y para entretelas, las de mi abuela, la que parecia un tonelito vestido de negro y se peinaba con el pelo tirante y el moño en la nuca; la que le pedía cada noche a santa Ana una buena muerte y poquita cama y, luego, cuando la pobre se quedó ciega e impedida exclamaba: ¡santa Ana, me la has jugado! Y digo lo de las entretelas porque, en la época en la que compartíamos dormitorio con ella, era un espectáculo verla desnudarse, pues llevaba prendas intimas* que para nosotras, unas niñas entonces, eran desconocidas.

*Por si hay algún mal pensado, eran decimonónicas, de un recato extremo.
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

Mensaje por hexagono69 »

http://www.abretelibro.com/foro/viewtop ... c2801a2bc6

Hola ya he empezado el libro es posible e incluso probable que te interese o a lo peor no.

No soy capaz de imaginarme prendas intimas de decimononico recato,me vienen a la mente recurrentes imágenes de presentes y actuales lencerías, sera por el calor. :cunao:

:hola:
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Re: El bujío de Santa Catalina (Bordeando la realidad)

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hexagono69 escribió: 14 Ago 2020 18:51 Hola ya he empezado el libro es posible e incluso probable que te interese o a lo peor no.
He marcado el hilo por si más adelante me hago con él. Gracias.
hexagono69 escribió: 14 Ago 2020 18:51 No soy capaz de imaginarme prendas intimas de decimononico recato,me vienen a la mente recurrentes imágenes de presentes y actuales lencerías, sera por el calor.
Jajaja, sí, eso suele ser una secuela del calor: la mente calenturienta.

Pero créeme: eran muy recatadas. Más que resaltar la anatomía femenina, que en su caso tenía ya cierto aire de tonelito y era de difícil resalte, la desdibujaba. Desde que ella murió no he vuelto a ver nada parecido. Sospecho que eran de diseño propio y de función no siempre fácil de adivinar.

¡Qué cosas, Cata, almacenamos en ese baúl de los recuerdos que es la memoria! :cunao:

Hace un rato me he acordado de cuando al final del verano, al caer de la tarde, me metía en la viña y me comportaba como un pájaro picoteando de cada racimo las uvas que más amarilleaban. Una conducta que estaba terminantemente prohibida pero que los asilvestrados nos pasábamos por las entretelas, que en nuestro caso eran menos sofisticadas pero igual de recatadas. :wink:
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