CO 18 - La princesa de...-Berlín (Mención Jurado)(3º Pop)

Relatos que optan al premio popular del concurso.

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lucia
Cruela de vil
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CO 18 - La princesa de...-Berlín (Mención Jurado)(3º Pop)

Mensaje por lucia »

La princesa de Javasu

Nada pasa desapercibido en un pueblo. El alcalde conoce al barbero, el barbero al mozo de cuadras y el mozo de cuadras a la sirvienta del párroco. Es por este y no por otro motivo, que aquella luminosa mañana de abril de 1817, cuando aquella joven apoyó los churretosos brazos en el alféizar de la ventana del viejo zapatero, este, mirándola por encima de sus lentes, supo que ella no era de allí y así se lo hizo saber. Le dijo: «tú no eres de aquí». Mas ni ella entendió la tajante aseveración del viejo, ni este supo desentrañar la respuesta de ella. No adivinando el motivo de la visita, el viejo bajó de nuevo la vista a su quehacer encogiéndose de hombros, pero no hubo manera de trabajar con aquellos ojos negros clavados en la coronilla. Suspiró el hombre y, levantando de nuevo la vista, la examinó. Era muy bonita la recién llegada: ojos diamantinos, la boca generosa, la nariz atrevida, las manos volátiles. Cubría los cabellos con un turbante y lucía innumerables pulseras tintineantes en los brazos. De los pies no supo por culpa de la ventana, sino hubiera sido testigo este hombre de que iba descalza. Y así estuvieron un rato, hasta que la mujer del zapatero, mucho más práctica, vio más hambre que fulgores preciosos en aquellos ojos y, saliendo a la calle, la tomó delicadamente del codo y se la llevó a la cocina.

Acallada la fiera del estómago, la mujer del zapatero calibró que nada mejor que un buen baño para aclarar las ideas y llenó la bañera hasta arriba. Luego la volvió a llevar hasta la presencia del viejo, a ver si con la limpieza del cuerpo se hubiera solucionado el tema de la falta de entendimiento, que a veces la lengua se traba por la simple languidez o el cansancio continuado. Al verla, el viejo recordó el sol amanecido derramándose sobre el barro y sonrió admirado. Y de nuevo quiso saber, y de nuevo la chica no le supo explicar. O explicole, quién sabe, lo que ocurre es que las palabras no eran entendibles. El hombre, resoplando vencido, se ajustó de nuevo los lentes y volvió a decir que aquella hermosa muchacha no era de allí. Nadie en Gloucestershire habla así, debe ser de tierras muy lejanas, tal vez de los confines de la Tierra, calculó el viejo en voz baja dirigiéndose a la esposa. Esta, contestando en el mismo tono, estuvo de acuerdo y entre los dos concordaron que lo mejor era llevarla ante el obispo de pobres, que es a donde se lleva a todo aquel que no tiene nada, ni tan siquiera una palabra entendible que ofrecer.

Al obispo lo encontraron dando cuenta de un oloroso osobuco. El hombre miró a la muchacha y se limpió las comisuras grasientas antes de formular las preguntas adecuadas: «de dónde vienes, quiénes son tus padres, de qué casa procedes, no pareces una indigente, tus manos son delicadas, el gesto lo tienes altivo. No te entiendo, pero intuyo que hablas con corrección». La joven contestó como lo venía haciendo desde hacía rato, mas nadie entendió ni una sola palabra de aquella jerga enrevesada.

El obispo, paladeando el antiquísimo vino, la miró largamente. «¡Qué facciones tan patricias!», pensó. Entonces, tal vez alumbrado por el tibio trasiego del buen caldo, le preguntó por su nombre. Como la joven lo miraba igual que antes, sin demostrar comprensión alguna, el hombre se puso en pie, llevó la palma al pecho y, golpeándolo con frenesí, repitió varias veces: «¡Yo, Walter!». Al borde de la tos y no viendo comprensión alguna en los ojos sorprendidos de la chica, cambió de tercio y señalando a la esposa del zapatero exclamó vehemente: «¡Catherine!». Lo mismo hizo con el anciano. La joven, no sabiendo cómo proceder, abrazó, agradecida, a los ancianos salvadores, sin embargo no dio muestras de complicidad alguna en aquel juego de quién es quién.

Aburrido ya de la situación, el obispo se ajustó la servilleta para recibir el abundante postre que ya venía de camino. «Escuchen, esto no avanza», dijo a los ancianos, «les aconsejo llevar a la chica ante el magistrado del condado, que es un hombre acostumbrado al sonsacamiento. Él dará con la clave para averiguar la procedencia de la muchacha, que de otro modo, si sigue deambulando cual cervatillo, acabará arrestada, que de todos es sabido cómo funciona la ley de vagancia. En fin, si me permiten acabar con este somero refrigerio, les acompañaré, que al fin y al cabo es mi cometido», declaró lapidario, mientras hundía la cuchara en un volcán de chocolate y nata.

Era la hora del té y ya se encendían las primeras luces en las mesillas falderas de los hogares ingleses, cuando la comitiva llegó a la casa del magistrado local, Samuel Worrall. Acomodados ya, el obispo de pobres puso al corriente de la peculiar situación al magistrado y este, escuchándolo con sumo interés y sin decir ni una palabra, tomó la campanilla y ordenó té para cinco. «¡Ah, Justina, y cuando esté listo el té vaya a buscar a Elizabeth, que está en su alcoba!», ordenó a la sirvienta. Al obispo de pobres esta idea le pareció brillantísima. La esposa del magistrado era oriunda de los Estados Unidos de América, y nadie mejor que ella podía entender ese idioma inextricable.

Pero Elizabeth no entendió más que el resto. Conocedora de su cometido y satisfecha de poder resultar de ayuda, observó paciente cómo la joven daba las gracias por el té que se disponían a tomar a entidades de nombres exóticos e impronunciables. Cuando hubo terminado el ritual, la mujer suspiró y se encogió de hombros mirando al esposo magistrado. No la entiendo, querido, confesó, a ver si va a ser de una de esas islas del mundo que andan sin explorar. El magistrado coincidió plenamente con su esposa y suspiró, pero la evocación de esas islas ignotas y llenas de salvajes medio desnudos le trajo un pensamiento a la mente, y este pensamiento tomó forma cuando Justina se agachó a retirar la fina porcelana. Justina, usted es de Grecia, dijole a la sirvienta. Sí, señor, de allí soy, contestó servil. ¿Cree usted, Justina, que podría…?

Claro señor, no faltaba más, dijo Justina, recordando que tenía en la cocina un pollo decapitado y a medio desplumar correteando entre las cacerolas, pero las órdenes de los señores son las órdenes de los señores, así que, escrutadora, dedicó unos instantes a diseccionar todo cuanto decía la joven que, extasiada, contemplaba los cuadros del magistrado. En un comienzo no entendió nada y estaba a punto de solicitar permiso para ir a rematar al pollo, cuando de pronto la chica, parada ante un cuadro de lo más exótico, juntó las manitas en el pecho y exclamó extasiada: «Ananás». La sirvienta, jubilosa, se alegró de poder anunciar a su señor que la investigada había identificado una piña en la bucólica composición pictórica. Luego añadió que, aunque la muchacha había identificado ese fruto y ella lo había entendido, el resto del discurso bien podría ser arameo, chino o mandarín. Pero que de Grecia no era, «seguro que no señor, ya le digo yo que no», dijo sacudiendo la cabeza.

Se hizo de noche y el misterio seguía irresoluto. El magistrado deliberó que lo mejor era que la muchacha pernoctara allí y mandó preparar la habitación de invitados, pero no consiguió Elizabeth introducirla en aquella cama mullida. En cuanto se retiraba, la joven se deslizaba con avaricia hasta la alfombra y allí se acurrucaba feliz. Como pasaron los días y la investigación no avanzaba, el magistrado decidió que lo mejor era enviarla a un lugar donde se ocuparan de ella, pues al fin y al cabo la chica no era pariente de ellos y no se podía quedar a vivir allí. De este modo sentenció su traslado al St. Peters hospital, decisión que no compartió su esposa, que sabía del hacinamiento insalubre de aquel lugar, donde se mezclaba gentuza de todas las raleas. Pero querida, le dijo el esposo, allí le van a ofrecer asilo y trabajo. Aquello es una cárcel, contestó ella.

Allí la dejaron, en esa mole de piedra arenosa, entre gente de mirada gastada que la rodeaba seducidos por su belleza sin par, queriéndola tocar como si fuese una joya extraída de la roca. Se turnaban para mirarla de cerca e incluso algún osado levantó la mano sarmentosa con la intención de tocar el turbante de mil colores que ocultaba, sin duda, una mata de pelo largo y petrolífero. Comenzaron las lenguas a desenredarse y alguien juró, por esos hijos que no le iban a ver, que la había visto desnuda y que los cabellos le llegaban hasta los delicados tobillos; otro, que se escapaba por las noches para bañarse en el lago y que su figura recortada a la luz de la luna era la de una sirena.

«Se niega a dormir en la cama, bendice la repulsiva comida arrodillada en el suelo y no camina entre las camas, sino que levita y, ¿acaso nadie se ha dado cuenta de cómo brilla cuando se apagan las luces? ¿Cómo vamos a entenderla, si su verbo no es de aquí? ¿Es que acaso hablan los ángeles como nosotros?». Y como los rumores se extienden del mismo modo que las plagas o los tumores, al oído de todos llegó la historia de esa mujer tan bella que además carecía de nombre y comenzó un profuso peregrinaje. Todo el mundo quería conocer en persona a la perla más extraña. Escritores consagrados, poetas de la talla de Byron, de Keats y de Mary Shelley, excéntricos actores, gente del mundo de la farándula y de la política, políglotas reputados y hasta un dodecalingüista, acudieron hasta allí. Nadie entendió ni una sola palabra.

La fama de la joven llegó hasta los oídos del magistrado que, apiadado por fin, decidió que la pobre no merecía languidecer en aquel lugar inmundo ni un minuto más, así que metiéndola en un carruaje la llevó de nuevo al hogar, para que su esposa la cuidara como a la hija que no tuvieron. Elizabeth la recibió con los ojos llenos de lágrimas y tras cubrirla de besos, llamó a Justina y la nombró cuidadora de la joven, para lo que necesitara, ya fuera para mullir la alfombra de dormir, ya fuera para hacer de intérprete, si es que encontraban entre las dos un modo de comunicarse.

Por esos días atracó en el puerto de Knole Park un barco ballenero portugués. Del barco descendió un marinero que, después de controlar por fin el balanceo de sus piernas y habituarse a la quietud del suelo, buscó una taberna con el único deseo de beberse y comerse todo lo que le pusieran sobre la mesa. Sentado ante un sabroso plato de judías con tocino y una pinta de cerveza pidió a la mesonera que le dijese el paradero de la joven extraña, que también a él le habían llegado las habladurías. Como no era ningún secreto, la mujer le informó de que la joven vivía en la casa del magistrado local, pero que no se le ocurriera presentarse ante aquella noble familia con aquel aspecto cochambroso, que se diera un baño para sacarse el olor del pescado o le iban a seguir todos los gatos del condado. El marino, escarbando entre sus dientes con una uña sucia para extraer una traza de tocino, contestó que los marinos no se lavan y que nada perfuma tanto como las sales que el viento trae en cada una de sus respiraciones. La mujer, escandalizada, lo llamó cochino. Manuel, por toda contestación, soltó un eructo de gran calibre, que en algún lugar remoto tal vez hubiera sido acogido como un halago, mas no fue este el caso, pues la posadera tomó el pestilente rugido como una afrenta y le amenazó con escupirle un gargajo en el plato de judías si volvía por allí.

Una hora después, Manuel vislumbró a la gentil muchacha sentada sobre el césped anudando unas florecillas con una cinta de seda. Dábale el sol sobre el tierno óvalo que bien pudiera haber sido florentino y así, con esa inclinación perfecta, pudo apreciar el marinero la largura infinita de sus pestañas. Manuel, sin aliento y volviendo a notar el balanceo del mar bajo las botas, buscó a la criada y le pidió que lo anunciara a su señor como Manuel Eynesso, portugués y ballenero, recién llegado de las islas Polinesias y posible arreglador del entuerto.

Worrall, que no se fiaba un pelo de ningún marino, pero dándose cuenta de que no tenía nada que perder, consintió en el encuentro, no sin antes amenazarlo con la horca si le hacía algún daño a la muchacha. Habiendo avisado al ballenero, el magistrado lo vio acercarse despacio a la joven y contempló cómo le ofrecía la mano en un idioma raro y luego en otro y luego en otro, hasta que la joven abrió la boca y entonces los vio reírse y vio al marinero palmotear y bailar contento, bajo la mirada divertida de la muchacha. Hablaron y hablaron; cuando la tarde comenzó a declinar, el magistrado no pudo soportarlo más y lo mandó llamar por mediación de Justina, que desde la puerta de la cocina también vigilaba la escena con el cuchillo de rebanarle el pescuezo a los pollos.

«Me complace anunciarle, señor magistrado, que he resuelto el misterio», dijo el marino sentado ante una taza de té. «Tiene usted en su casa ni más ni menos que a una princesa. ¿Y cómo llegó hasta aquí?, se preguntará. Bueno, es una historia muy larga. Si su señoría me invita a la cena que seguro dará esta noche, estaré encantado de narrarla entre sus ilustres invitados. Claro que antes deberíamos resolver el problema de mi persona, pues no querrá su señoría que aparezca yo de esta guisa ante gente tan distinguida. Mire mis botas, hay agujeros en las suelas, y mire que descolorido está el pañuelo que utilizo para proteger la cabeza de los soles rabiosos del mediodía de altamar». Y añadió: «si su criada fuese tan amable de lavarme el chaleco y plancharlo. De él sí que no puedo desprenderme, pues lo he llevado en diversas ocasiones importantísimas, que si no resulta demasiado pedante por mi parte contaré esta noche, para hacer más florido el relato en su conjunto. Oh, no me mire así, sepa que no siempre me dediqué al mar», apostilló sonriente el luso. «Cíñase a los hechos acaecidos, Manuel, que cuando uno se desvía de la línea recta y circunda, por aquello de disfrutar más del paisaje, acaba por perder de vista el objetivo principal, que es lo que importa», contestó aquel hombre de la ley. Una metáfora excelente, sí señor, silbó Manuel y se marchó, seguido por todos los gatos de la casa.

Manuel llegó a las seis en punto y de la manera acordada se le abrió la puerta de atrás, la de los sirvientes y recaderos. Allí le esperaba Justina con el chaleco planchado y los ojos flamígeros de desconfianza. Contra todo pronóstico, su presencia fue muy bien recibida y una marabunta de monóculos y abanicos lo rodeó implorándole la historia de la misteriosa joven. ¿De dónde procede? ¿De dónde?, preguntaban.

De una isla pequeña del océano índico llamada Javasu, contó el portugués mientras secuestraba, avaro, una copa de champaña de la bandeja del mayordomo, una isla casi invisible protegida por la niebla, donde la arena de la playa está compuesta de cristales de todos los colores, fruto de las embestidas del mar que, furioso, choca contra las grutas de la playa y en su retirada se lleva la lengua enredada de piedras preciosas, piedras que luego, arrepentido, devuelve a la orilla. No hay otra isla como esa en todo el mundo, créanme, allí la luna se desangra sobre el mar y todo aquel que tiene la suerte de verla jura que nunca vio una más grande.

Ya, ya, pero cómo llegó hasta aquí, preguntaban todos. ¡Piratas!, exclamó de forma muy trágica Manuel con las palmas levantadas. Filibusteros sin escrúpulos, sucios y desarrapados, que la secuestraron en mitad de la noche arrastrándola por la fuerza a bordo de su galeón inmundo para pedir tal vez un rescate o quién sabe si un indulto. Ah, pero esos infames no sabían con quién se enfrentaban, pues la princesa es una maestra de la esgrima y, consiguiendo robar un sable oriental a uno de aquellos brutos en un descuido, plantoles cara, hasta que la acorralaron en la toldilla de la popa. Cuando la pobre pensó que había llegado el fin, una niebla densa envolvió el barco en su totalidad y la princesa pudo saltar al mar, escapando de esos malhechores. Por suerte, en ese momento cruzaban El canal de la Mancha y pudo nadar hasta tierra, salvando su vida. Luego anduvo muchos días desorientada y famélica hasta que se encontró con el viejo zapatero. El resto ya lo conocen.

Piratas, susurraban todos boquiabiertos; barcos voladores cargados de cañones, una princesa raptada, un reino circundado de piedras preciosas bañado por una luna de sangre; ¡pero habrá un padre que la busque!, exclamó alguien de modo vehemente; ¡y cómo se llamará!, decían los unos a los otros, fascinados.

El aroma de sus cabellos llegó hasta el último rincón y enloquecidos por ese olor llegaron los pintores. Todos querían retratar a esa mujer bella y misteriosa, que se bañaba desnuda en las noches de luna llena. La pintaron de perfil, aprovechando el atrevimiento real de su nariz, la pintaron andando o levitando, hubo quien le colocó plumas de pavo real en el turbante, otro pintó sus manos volátiles, capaces de empuñar una espada, otro la pintó luchando por su vida antes de saltar del galeón pirata, con los cabellos de medusa al viento. El magistrado y su esposa, dichosos y afortunados, encargaron para ella los más caros vestidos confeccionados a mano con las mejores y más exóticas telas, traídas de lejos. Contrataron también a un maestro de esgrima solo para que ella practicara y mandaron fabricar un arco y una flecha, pues también era ducha en este arte. No había familia que no tuviese una reproducción a carboncillo de la princesa sobre la chimenea del hogar, y hasta el diario de Bristol reprodujo un retrato suyo que fue distribuido profusamente, alargando aún más la sombra de la princesa.

Una tarde, mientras trenzaba los cabellos de la joven, Elizabeth descubrió una marca circular en su nuca y, perturbada, mandó llamar al Dr. Wilkinson, gran amigo de la familia. El hombre, terminado el examen, concluyó que la marca en cuestión era de todo punto un trabajo de los más finos cirujanos orientales. La marca era antigua y no revestía ya importancia, pero el hallazgo dejó pensativo al galeno. Por asociación de ideas, recordó de pronto la ilegible grafía de la joven y se le ocurrió que tal vez pudiera sentarse un rato a mirar la Pantographia de Edmund Fry, una obra de 1799 que compilaba todas las lenguas y alfabetos del mundo entero. Concienzudo como era, no paró hasta encontrar la que más se ajustaba a los pictogramas de la joven princesa y así, satisfecho, determinó de forma oficial que, en efecto, la chica procedía, sin duda, de esas latitudes. Y así lo hizo saber.

Tiene la luna llena reflejada en la nuca, decían los poetas tomándola ya para siempre como musa; dicen que por la noche se quita las ropas en la orilla y se zambulle en el río, cuchicheaban ruborizadas las lavanderas; monta a pelo sobre un alazán blanco con el pelo negro lleno de estrellas, hondeando como si de una capa se tratara, decían extasiados los señores, poniendo los ojos en blanco.

Lejos del lugar que nos ocupa y en una hermosa mañana de junio, la señora Neale salió a la calle, escoba en ristre, para retirar los excrementos de perro que atraían dentro de su negocio a las reincidentes moscas. Cuando hubo acabado se secó el sudor de la frente y entró en la posada fresca. Era tarde, y aún tenía que barrer y baldear el suelo, limpiar las mesas, matar un par de gallinas, encender los fogones, hornear el pan y echarle de comer a los perros. Tantas cosas por hacer y aquella calor. La señora Neale se sentó solo un momento para recuperar el resuello y tomó un ejemplar de periódico olvidado para abanicarse. Ella no sabía leer, nunca pudo aprender, no tuvo ni tiempo ni posibilidades.

Ya refrescada, se puso en pie y se dirigía a la despensa en busca de la harina para hacer el pan cuando la llamó, con su voz aflautada, la anciana Margaret, un viejo olivo retorcido que todas las mañanas pasaba a buscar las sobras del día anterior. Oye, señora Neale, ¿esta de la foto no es nuestra querida Mary Baker?, preguntó con los ojillos muy abiertos, sacudiendo la portada del ejemplar. ¡Pero cómo! ¡Claro que es nuestra Mary, vaya que sí!, exclamó la posadera acercando mucho el rostro a la foto. ¿Pero por qué llevará ese trapo enrollado en la cabeza? Tal vez se haya metido a actriz, señora Neale. En fin, suspiró la posadera, espero que le vayan mejor las cosas. Bueno, gruñó la anciana, tú fuiste muy buena con ella. Le diste trabajo y un catre limpio. Es cierto, respondió triste la señora Neale, pero ya sabes cuánto fantaseaba con tener hermosos vestidos y con acudir a grandes fiestas del brazo de un príncipe, de un barón o de un duque. ¿Sabes, Margaret?, uno de estos días tengo la intención de visitar a mis parientes de Knole Park, creo que de paso visitaré a nuestra querida Mary. Bien, señora Neale, respondió la vieja indigente, intentando abrir una nuez con sus dedos retorcidos como ramas, estoy segura de que se alegrará muchísimo de verte. Me pregunto si seguirá viéndose con aquel guapo ballenero de ojos azules, ¿cómo se llamaba? Manuel, contestó la posadera, aplastando una mosca de un manotazo.
Un libro es un mundo por descubrir.

¿Todes? ¿Qué clase de animal son los todes?
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Mister_Sogad
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Re: CO 18 - La princesa de Javasu

Mensaje por Mister_Sogad »

¿Sabes, autor/a? Creo que ha habido algo que has sabido hacer muy bien, y no es solo la redacción y forma de tu texto, sino tu buen hacer a la hora de mantener el suficiente misterio para atraparme en la trama. Una historia que, aunque no me ha resultado fascinante, sí que me has hecho seguirla con atención.

La idea, además, me ha gustado, lo que no era tan fácil, pues no soy muy amigo de la ambientación que has usado (y mira que lo costumbrista me atrae, pero un contexto inglés de provincias...).

Volviendo a tu idea, me gusta, ya digo. Rodeas a tu personaje de misterio y así vas jugando con la crítica social para rematar con la picaresca. Buen trabajo.

Te deseo suerte, autor/a. :60:
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Tolomew Dewhust
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Re: CO 18 - La princesa de Javasu

Mensaje por Tolomew Dewhust »

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Re: CO 18 - La princesa de Javasu

Mensaje por Tolomew Dewhust »

A mí la historia me parece fascinante. Y está contada de maraviiiiiiilla...

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Re: CO 18 - La princesa de Javasu

Mensaje por Tolomew Dewhust »

Voy a llenar el hilo de gifs de gatitos.

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Tolomew Dewhust
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Re: CO 18 - La princesa de Javasu

Mensaje por Tolomew Dewhust »

Aquí hay mucha literatura y, para mí, este es un diez.

Así, en chiquitito, también te voy a decir que no siempre tienen que ser tus protas las más bonitas, que no hace falta que aquella otra caminara como flotando, que la novia del escaparate pareciera un ángel disecado, que al contemplar a esta el viejo recordara el sol amanecido derramándose sobre el barro... pues pudiera parecer que siempre escribes la misma historia. O igual es solo cosa mía.
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Gavalia
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Re: CO 18 - La princesa de Javasu

Mensaje por Gavalia »

Sin duda es un gran trabajo. Confieso que me encanta este tipo de prosa. El lenguaje más que apropiado en función al contexto donde se desarrolla la historia. La trama está conseguida, nadie sabe hasta el final que se trata de una farsa bien diseñada. Se lee perfectamente, alguna redundancia hay, y se entiende con claridad. Te podrá gustar más o menos este cuento basado en un hecho real pero lo que sin duda alguna tiene es calidad. Enhorabuena y suerte.
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Tolomew Dewhust
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Re: CO 18 - La princesa de Javasu

Mensaje por Tolomew Dewhust »

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La muchacha que levita cuando se apagan las luces.
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Re: CO 18 - La princesa de Javasu

Mensaje por Tolomew Dewhust »

Y he aquí a un gatillo chico...

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noramu
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Re: CO 18 - La princesa de Javasu

Mensaje por noramu »

Parece que en este concurso me ha dado un poco por los títulos. Estoy en ascuas por saber por qué el autor (creo que ya dejé claro el concurso pasado que dejaba de ser políticamente correcta con lo de autor / autora y demás pamplinas) nos cuente por qué ha escogido un nombre sonoramente tan basto. Javasu. Con la de combinaciones sonoras maravillosas que existen. Javasu. No se... Quizá quería adelantar que no era oro todo que relucía. En fin. A la historia. Me parece un relato que ha dado con el tono adecuado. Un tanto jocoso de principio a fin, con exageraciones voluntarias y que hace que la longitud del mismo no sea una traba. Es ameno, lo he seguido con interés y alguna sonrisa y lo he disfrutado. El final no me ha parecido demasiado sorpresivo pero tampoco busco yo normalmente eso en un texto. La redacción es ágil y buena.
Enhorabuena por esa princesa de pacotilla que te has sacado de la manga.

Ay, edito,¿ "churretosos brazos"? :lol:
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Tolomew Dewhust
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Re: CO 18 - La princesa de Javasu

Mensaje por Tolomew Dewhust »

Muuuuy bien escrito, :chino:.

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prófugo
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Re: CO 18 - La princesa de Javasu

Mensaje por prófugo »

Tolomew Dewhust escribió:Muuuuy bien escrito, :chino:.

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:meparto: :meparto:
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Tolomew Dewhust
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Re: CO 18 - La princesa de Javasu

Mensaje por Tolomew Dewhust »

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La autora del relato, escribiendo tres más.
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Gavalia
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Re: CO 18 - La princesa de Javasu

Mensaje por Gavalia »

Otro relato que se ciñe bastante bien a la realidad según me he documentado.
Javasu era un reino nora. Ella era según la crónica princesa de la isla de Caraboo, una isla de ese reino.
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noramu
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Re: CO 18 - La princesa de Javasu

Mensaje por noramu »

Gracias, Gava. Pues entonces yo no hubiera dudado en titularlo "la princesa de Caraboo", mucho más exótico y sonoro.
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