La pintura en un fragmento literario

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Gretogarbo
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Re: La pintura en un fragmento literario

Mensaje por Gretogarbo »

A veces me colma de felicidad la idea de que tal vez Dios no exista. Aquello queu nos años antes me parecía un paraíso sangriento (mi vida en esa época se me representa en un raccourci verdoso, parecido al Cristo de Mantegna), ahora me resulta un infierno edulcorado por el olvido, pero no menos posible y, por tanto, terrorífico. (...)
El ruletista, de Mircea Cărtărescu (traducción de Marian Ochoa de Eribe)

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madison
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Re: La pintura en un fragmento literario

Mensaje por madison »

Estás proyecciones clásicas, y algo en las actitudes físicas de los propios hombres al alejarse del fuego, me sugirieron de pronto aquella escena pintada por Poussin en la que las Estaciones, dándose la mano y mirando hacia fuera, danzan al ritmo de las notas de la lira que toca el viejo alado y desnudo de la barba gris. Y esta imagen del Tiempo me hizo pensar en la mortalidad, en unos seres humanos con las manos unidas mirando hacia fuera como las Estaciones y moviéndose a un intrincado ritmo:despacio, a veces, y metódicamente; torpes y tímidos otras, pero con evoluciones de perceptible traza; o bien lanzándose a giros y giros de incomprensible significación, con parejas que desaparecen y aparecen como única constante del espectador..
Pag.12
Una danza para la música del tiempo:Primavera.-Anthony Powell


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natura
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Re: La pintura en un fragmento literario

Mensaje por natura »

@madison, creo que el cuadro que describe Powell en ese párrafo es más bien este otro de Poussin :arrow:

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La danza de la vida humana
c. 1638-1640
Óleo sobre lienzo
82,5 cm x 104 cm
Colección Wallace, Londres

Gracias por el aporte de todas formas :402:
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madison
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Re: La pintura en un fragmento literario

Mensaje por madison »

Ah, bueno. Ya elimino lo que he publicado.
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magali
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Re: La pintura en un fragmento literario

Mensaje por magali »

Nicky echa a andar y mira a la derecha.
Es una habitación en la que no había reparado antes. Al otro lado de la puerta ve la espalda de una mujer inclinada sobre una mesa de cartas. Al acercarse, Nicky cuenta otras cinco mesas, todas ellas cubiertas de piezas de rompecabezas: en la esquina hay una nube de peces payaso, con sus tonos naranja cremoso y blanco; cerca, Madame X de Sargent, dos brazos desnudos y una cintura estrecha y sin cabeza.
El final de la historia, de A.J. Finn. Traducción de Efrén del Valle


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https://es.wikipedia.org/wiki/Retrato_de_Madame_X
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Gretogarbo
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Re: La pintura en un fragmento literario

Mensaje por Gretogarbo »

magali escribió: 31 Mar 2024 20:37El final de la historia, de A.J. Finn. Traducción de Efrén del Valle
Ya decía yo que me sonaba este retrato.
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Re: La pintura en un fragmento literario

Mensaje por magali »

No lo había visto en el juego, porque nunca entro en ese hilo; por eso, no lo he enlazado.

Gracias.
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Re: La pintura en un fragmento literario

Mensaje por natura »

También está en el tema del autor :wink: :arrow:

John Singer Sargent
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Gretogarbo
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Re: La pintura en un fragmento literario

Mensaje por Gretogarbo »

magali escribió: 31 Mar 2024 21:17No lo había visto en el juego, porque nunca entro en ese hilo; por eso, no lo he enlazado.
Por si acaso, aclaro que no estaba reclamando ningún enlace. Me sonaba muchísimo el cuadro y me imaginé que quizás de algún ahorcado.
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Re: La pintura en un fragmento literario

Mensaje por magali »

Mi vecino del piso de arriba era un pintor llamado Dennis Redman. Unos años antes me había regalado tres de sus cuadros de juventud para que los colgara en la pared, y durante unos seis meses el aspecto del despacho mejoró visiblemente. Pero un día apareció una mujer celosa que hizo cuatro agujeros de bala en una de las telas, y al día siguiente se presentó su marido y desgarró otro cuadro con un cuchillo de monte. Parece que la gente encuentra en el arte moderno un satisfactorio desahogo para sus frustraciones. Devolví los cuadros a Dennis y coloqué con chinchetas una gran reproducción en color de La torre de Babel de Brueghel, regalo de la librería de mi barrio por cada compra de dos libros. Al cabo de un par de meses había conseguido nueve grabados, que acabaron adornando mis paredes. Me pareció una magnífica respuesta a mis problemas de decoración. Descubrí en aquella obra una inagotable fuente de placer, y ahora podía contemplarla desde cualquier ángulo del despacho: sentado, de pie o tumbado en el sofá. En días de poca actividad, me pasaba mucho tiempo estudiándola. La pintura muestra la torre inacabada que se eleva hacia el cielo y una multitud de diminutos obreros y animales, afanados en la construcción del monumento más colosal que jamás se erigiese a la presunción humana. Nunca dejaba de recordarme Nueva York, y me ayudaba a tener presente que el sudor y el esfuerzo siempre acababan en nada. Era mi forma de mirar las cosas con cierta perspectiva.
Jugada de presión, de Paul Auster. Traducción de Benito Gómez Ibáñez

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Re: La pintura en un fragmento literario

Mensaje por magali »

Había un solo cuadro en la habitación, un grabado grande dentro de un marco negro, que representaba una escena mitológica llena de figuras humanas y de una plétora de detalles arquitectónicos. Más adelante supe que era una reproducción en blanco y negro de una de las tablas de una serie de pinturas de Thomas Cole titulada El curso del imperio, una saga visionaria del esplendor y la decadencia del Nuevo Mundo.
El palacio de la luna, de Paul Auster. Traducción de Maribel de Juan

Entiendo que la referencia que hace Paul Auster puede ser el tercer o el cuarto cuadro.


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La vida del Imperio (The Course of
Empire)

La Vida del Imperio, o The Course of Empire, en su título original en inglés, es una serie de cinco pinturas de Thomas Cole, un pintor estadounidense de origen británico, fundador de la llamada Escuela del río Hudson.1​ Se expone en la New York Historical Society.
[...]
https://es.wikipedia.org/wiki/La_vida_d ... of_Empire)
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Re: La pintura en un fragmento literario

Mensaje por magali »

[...]
Effing hizo una pausa para tomar aliento y luego, como si saliera de un trance, volvió la cabeza hacia mí por primera vez.
—¿Qué opina de eso, muchacho?
—Me ayudaría saber quién era Ralph —dije cortésmente.
—Blakelock —murmuró Effing, como luchando por controlar sus emociones—. Ralph Albert Blakelock.
—Creo que no le conozco.
—¿Es que no sabe nada de pintura? Creía que era usted un hombre culto. ¿Qué diablos le enseñaron en esa maravillosa universidad suya, señor Culo Listo?
—No mucho. Desde luego nada acerca de Blakelock.
—Pues esto no puede ser. No puedo seguir hablando con usted si no entiende de nada.
[...]
Traté de apartar a Effing de mi mente, luego retrocedí como medio metro y empecé a mirar el cuadro con mis propios ojos. Una luna llena perfectamente redonda ocupaba el centro del lienzo —el centro matemático exacto, me pareció— y este pálido disco blanco iluminaba todo lo que había por encima y por debajo de él: el cielo, un lago, un árbol grande con ramas como arañas y las montañas bajas del horizonte. En primer término habla dos pequeñas zonas de tierra, separadas por un riachuelo que corría entre las dos. En la margen izquierda se veía una tienda india y una hoguera; parecía haber varias figuras sentadas alrededor del fuego, pero era difícil distinguirlas, eran sólo mínimas sugerencias de formas humanas, unas cinco o seis, enrojecidas por el reflejo de las ascuas de la hoguera; a la derecha del árbol grande, separada de las otras, se veía una solitaria figura a caballo que miraba por encima de la corriente, completamente inmóvil, como perdida en sus pensamientos. El árbol que tenía detrás era unas quince o veinte veces más alto que él y el contraste le hacia parecer enano, insignificante. Él y su caballo no eran más que siluetas, perfiles negros sin profundidad ni individualidad. En la otra margen las cosas eran aún más tenebrosas, casi totalmente sumidas en las sombras. Había unos cuantos árboles pequeños con las mismas ramas como arañas del árbol grande y luego, en la parte inferior, una diminuta mancha de claridad que me pareció podría ser otra figura (tumbada de espaldas, tal vez dormida, tal vez muerta, tal vez contemplando la noche) o tal vez los restos de otra hoguera, no pude llegar a una conclusión. Me entregué de tal modo al estudio de estos oscuros detalles de la parte inferior del cuadro que cuando finalmente levanté la vista para examinar otra vez el cielo, me sorprendió ver lo luminoso que era todo en la mitad superior. Incluso teniendo en cuenta la luna llena, el cielo parecía demasiado visible. La pintura brillaba a través de las agrietadas capas de barniz que cubrían la superficie con una intensidad antinatural, y cuanto más me adentraba hacia el horizonte, más luminoso se volvía ese resplandor, como si allí fuera de día y las montañas estuvieran iluminadas por el sol. Una vez que noté esto, empecé a ver otras cosas raras en el cuadro. El cielo, por ejemplo, tenía una tonalidad fundamentalmente verdosa. Salpicado por los bordes amarillos de las nubes, se arremolinaba en torno al árbol grande en un denso torbellino de pinceladas, adquiriendo forma de espiral, un vórtice de materia celestial, en el espacio profundo. ¿Cómo podía ser verde el cielo?, me pregunté. Era del mismo color del lago, y eso no era posible. Excepto en la negrura de la más negra de las noches, el cielo y la tierra son siempre diferentes. Blakelock era claramente un pintor demasiado diestro para no saber eso. Pero si no había intentado representar un paisaje real, ¿qué era lo que se había propuesto? Hice todo lo que pude por imaginármelo, pero el verde del cielo me lo impedía. Un cielo del mismo color que la tierra, una noche que parecía el día y todas las formas humanas empequeñecidas por la grandeza del paisaje, sombras ilegibles, simples ideogramas de vida. No quería hacer juicios simbólicos atrevidos, pero, basándome en la evidencia del cuadro, no parecía tener alternativa. A pesar de su pequeñez en relación con el entorno, los indios no revelaban ningún temor ni ansiedad. Estaban cómodamente sentados, en paz consigo mismos y con el mundo, y cuanto más pensaba en ello, más me parecía que esa serenidad dominaba el cuadro. Me pregunté si Blakelock no habría pintado el cielo verde para poner de relieve esa armonía, para mostrar la conexión entre el cielo y la tierra. Si los hombres pueden vivir cómodamente en su entorno, parecía decir, si pueden aprender a sentirse parte de las cosas que les rodean, entonces quizá la vida en la tierra estará imbuida de un sentimiento de santidad. Naturalmente, era sólo una suposición, pero se me ocurrió que Blakelock habla pintado un idilio norteamericano, el mundo que los indios habían habitado hasta que apareció el hombre blanco para destruirlo. La placa que había en la pared decía que el cuadro había sido pintado en 1885. Si la memoria no me fallaba, eso era justo a la mitad del periodo entre el Último Baluarte de Custer y la masacre de Wounded Knee; en otras palabras, al final, cuando ya era demasiado tarde para conservar la esperanza de que ninguna de estas cosas sobrevivieran. Tal vez, pensé, este cuadro quería representar todo lo que habíamos perdido. No era un paisaje, era un monumento, una canción fúnebre para un mundo desaparecido.
El palacio de la luna, de Paul Auster. Traducción de Maribel de Juan
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Ralph Albert Blakelock - Moonlight

https://www.brooklynmuseum.org/opencoll ... bjects/697


El pasaje dedicado a la descripción del cuadro Luz de luna es detallado. Me parece que nos hacemos una idea con los dos anteriores.
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Re: La pintura en un fragmento literario

Mensaje por magali »

[...] Una hora más tarde, cuando bajaba del autobús número cuatro en la calle Setenta esquina con la Quinta Avenida, aún no había respondido a la pregunta. A un lado tenía el parque, verde bajo el sol de la mañana, con sombras afiladas y fugaces; al otro lado estaba el edificio Frick, blanco y sobrio, como abandonado a los muertos. Pensó por un momento en el cuadro de Vermeer Muchacha sonriente con un soldado, tratando de recordar la expresión de la cara de la chica, la posición exacta de sus manos en torno a la taza, la espalda roja del hombre sin rostro. Vislumbró mentalmente el mapa azul de la pared y la luz del sol entrando por la ventana, tan parecida a la que le rodeaba ahora. Iba andando. Estaba cruzando la calle y avanzando hacia el este. En Madison Avenue torció a la derecha y caminó una manzana hacia el sur, luego torció a la izquierda y vio dónde estaba.[...]
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Ciudad de cristal (TNY1) - Paul Auster. Traducción de Maribel de Juan
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